Personas sin hogar, un comienzo

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Hace casi veinte años, una compañera, María José Atiénzar, se llevó de mi mesa un café caliente para un hombre aterido en aquella helada noche madrileña. Ahí comenzó el programa de Personas sin hogar de SOLIDARIOS para el Desarrollo. Compramos en SEPU un infiernillo por 285 pesetas y calentábamos medio litro de café con leche para repartirlo entre personas acurrucadas en sitios inverosímiles que hasta entonces no veíamos, pero que nos esperaban sin saberlo. Nunca pude imaginar que, en el atardecer de mi vida, llegaría a ver semejante situación en una sociedad culta y con tradición de solidaridad, y de acogida.

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Los voluntarios sociales acuden como la sangre a la herida y saben dónde encontrarlos, bajo cartones o sobre una vieja manta y tiritando de frío.

Interminables caminatas por las venas abiertas de la ciudad, en amaneceres sin rumbo o en busca de comida, los mantienen en una nebulosa sin ruidos. Desaparecidos los centros de salud mental, muchos crónicos se han perdido. Cómo pájaros caídos de los nidos, heridos en sus alas o con patas encallecidas. Perdido el empleo, como excrecencias de un cuerpo social implacable con los improductivos. Víctimas de culpas por algo que no han sabido gestionar hasta convertirse en extraños a sí mismos.

Los voluntarios sociales acuden como la sangre a la herida y saben dónde encontrarlos, bajo cartones o sobre una vieja manta y tiritando de frío. Se despliegan por calles aledañas a las grandes avenidas con un termo de café o chocolate caliente. Se agachan en rincones inverosímiles para charlar un rato. Los llaman por sus nombres o por algún apodo familiar, como hacían sus madres o sus mejores amigos. Mientras se calientan las manos, intercambian palabras y miradas. No utilizan frases, sino monosílabos con sofocantes elipsis y con sus silencios camino del olvido. Se comenta algo oído en el transistor u ojeado en una página de periódico traída por el viento. Pero sobre todo los escuchan. Las personas sin hogar van marcadas por lo efímero. No retienen porque no hay mañana, y el ayer va incluido en el fardo de la vida.

Esas personas sin hogar disponen de un tríptico en el que figuran direcciones de interés: emergencias, baños públicos, alimentos para refugiados o para inmigrantes sin recursos; horarios de lugares donde reparten bocadillos, comedores en los barrios con estación del metro; centros que gestionan el derecho a percibir una renta mínima, dispensarios de ropa, alojamientos; centros de noche para drogodependientes con asistencia médica, alimentación y asesoría jurídica; o con lavandería, ducha y enfermería; centros de día con talleres de español para extranjeros; servicios donde reciben información y gestión de las prestaciones sociales a las que tienen derecho por ser personas.


José Carlos García Fajardo
Fundador de SOLIDARIOS para el Desarrollo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Twitter: @GarciaFajardojc