Personas sin hogar: no es sólo el frío

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Las personas que viven y duermen en la calle no nacieron allí. Pero a veces ignoramos lo evidente. Olvidamos que tienen nombre y pasado, que su situación actual no debería ser permanente, y que deberían tener un futuro. A pesar de lo incómoda que resulta la realidad, persisten prejuicios y estereotipos que podemos combatir desde los medios de comunicación.

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Es urgente que nos sintamos aludidos cada vez que, en la calle, nos encontremos con una persona sin hogar; que tengamos la valentía de examinar nuestros prejuicios y recordar que no vemos el mundo como es, sino como somos nosotros.

Lo peor para una persona sin hogar no es el frío y las inclemencias meteorológicas, ni la principal preocupación cotidiana es encontrar comida. Quienes viven en la calle no son por definición alcohólicos, enfermos mentales, o ambas cosas. Son personas que han perdido la capacidad para decidir adecuada y responsablemente sobre su propia situación. Por eso no es un recurso adecuado un albergue tradicional lejos del centro de la ciudad, ni es la mejor de las soluciones para afrontar el invierno habilitar una considerable cantidad de plazas de alojamiento de emergencia.No tener hogar causa la muerte prematura de muchas personas tanto en invierno como en verano, implica estar sometido permanentemente a diferentes formas de violencia y hace que sea casi imposible acceder a derechos humanos fundamentales.

La realidad es que los recursos sociales existentes son necesarios, ya que se dirigen a cubrir necesidades vitales básicas, pero no son adecuados si se limitan sólo a eso y noofrecen una atención integral individualizada que permita a quienes los usan reconstruir un proyecto vital y sostenerlo. No son adecuados si no permiten garantizar los derechos básicos, empezando por el derecho a la intimidad. Y sobre todo no son suficientes para reintegrar a las personas sin hogar en la sociedad, y no podrán serlo.

Porque la integración precisa del esfuerzo de cada uno de nosotros. Porque remite al encuentro con el otro desde la igualdad, al restablecimiento de lazos vecinales y a la participación en la comunidad. Y eso no es algo que pueda resolverse desde los recursos sociales.

Es urgente que nos sintamos aludidos cada vez que, en la calle, nos encontremos con una persona sin hogar; que tengamos la valentía de examinar nuestros prejuicios y recordar que no vemos el mundo como es, sino como somos nosotros.

Cada una de las personas que vive y duerme en la calle tiene un nombre y un pasado. Seguramente tuvo una red social y una familia, un proyecto vital y unas capacidades. Y no hay ninguna razón para que, con el apoyo adecuado y el compromiso de toda la sociedad, no pueda recuperar al menos gran parte de lo que ha perdido.

Actualmente no sabemos cuántas personas están sin hogar en España. En varias ciudades se han realizado censos y recuentos, pero sin definiciones y metodologías homogéneas, de manera que los resultados no son exactos, por más que resulten valiosos. Diferentes instituciones hablan de que la esperanza de vida de una persona sin hogar es entre veinte y treinta años inferior a la de cualquier otro ciudadano integrado.

Como la situación de calle no comienza al nacer, sino mucho más tarde, sería interesante estudiar el impacto sobre la esperanza de vida que tiene quedarse en la calle y conseguir cifras, siquiera aproximadas, del número de personas sin hogar que mueren cada año.

Jesús Sandín de Vega
Responsable del programa de Personas sin Hogar de la ONG Solidarios para el Desarrollo