9 de abril de 2026

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La propuesta de trabajar el collage en un centro penitenciario me sugirió una invitación a reflexionar sobre la identidad desde un lugar poco habitual. En un entorno donde la biografía de cada persona suele quedar reducida a un expediente, el acto de recortar, seleccionar y recomponer imágenes se convirtió en una herramienta simbólica de enorme potencia: la posibilidad de reconstruirse.

El collage, por su naturaleza, rompe con la idea de una imagen única, cerrada y definitiva.

Parte de fragmentos, a menudo dispares, incluso contradictorios que, al reunirse, generan un nuevo significado. Esta lógica dialoga profundamente con la experiencia de quienes habitan un centro penitenciario. Sus historias, atravesadas por decisiones, errores, pérdidas y aprendizajes, no pueden entenderse como narrativas lineales. Son, más bien, composiciones fragmentadas que siguen en proceso.

Durante la charla, planteé precisamente esta analogía: así como una imagen puede ser desmontada y reorganizada para crear algo distinto, también la identidad puede revisarse. No se trata de borrar el pasado, del mismo modo que en el collage no desaparecen los recortes originales. Se trata de darles un nuevo lugar, una nueva lectura.

La respuesta de los participantes fue especialmente reveladora. Muchos reconocieron en el ejercicio una forma de pensar sobre sí mismos sin necesidad de recurrir a un discurso explícito. El lenguaje visual les permitió expresar lo que a veces resulta difícil poner en palabras. Algunos collages mostraban tensiones evidentes; otros, intentos de equilibrio; otros, aperturas hacia futuros posibles, deseos, necesidad de aceptación, nostalgia, emociones asociadas a situaciones vividas, miedos, soledad y dolor.

En este contexto, el collage dejó de ser una técnica artística para convertirse en una metáfora vivida. Cada decisión, qué conservar, qué descartar, cómo unir los fragmentos, remitía a preguntas más profundas sobre la propia vida. ¿Qué partes de mi historia definen quién soy? ¿Cuáles puedo reinterpretar? ¿Qué nuevas formas pueden surgir de lo que ya existe?

La experiencia evidenció que la reconstrucción de la identidad no es un proceso abstracto, sino tangible. Igual que las manos manipulan el papel, también es posible intervenir sobre el relato personal. Y, aunque el resultado nunca es completamente previsible, ahí reside precisamente su valor: en la apertura a nuevas configuraciones. En definitiva, el collage funcionó como un espejo.

En un lugar marcado por la limitación, este gesto creativo introdujo una idea esencial: incluso dentro de un marco rígido, siempre existe un margen para volver a empezar. El arte, además, abre una posibilidad de aliarse con la libertad, el deseo de la misma, poder viajar sin moverte de un lugar; y la mente enfocada en esa postura lo hace posible. La imaginación como forma de resistencia se convierte en una gran aliada.

Tras una primera parte en la que les hice un breve recorrido por mi trayectoria, también pudieron visualizar algunas de mis obras, ante las que se abrían interesantes debates respecto a sus diversos significados y las reflexiones que inspiraban. También compartí qué me había motivado a la utilización de esta técnica junto con el fotomontaje, el ensamblaje o la instalación en vez de otras más convencionales o tradicionales en mis procesos creativos.

Durante la parte práctica, propuse a los participantes la creación de un collage personal a partir de imágenes heterogéneas de revistas que ya estaban recortadas. La consigna no era estética, sino reflexiva: elegir una única imagen sin pensarlo demasiado, para que en el gesto rápido de la elección hubiera honestidad y se atendiera a la intuición. Tras esta selección realizaron una puesta en común sobre qué los había llevado a escoger ese y no otro recorte. Más que un resultado final cerrado, se puso el acento en la toma de decisiones: qué imágenes resonaban, cuáles se descartaban y cómo se establecían nuevas relaciones entre ellas. Una vez elegida la imagen, había que romperla en trozos y generar una imagen nueva. Sorprende como la naturaleza del ser humano tiende al apego, les costaba deshacerse de esa primera imagen y sólo la habían tenido unos minutos completa frente a sus miradas. Hacerlas pedazos, en primera instancia, era un gesto provocador que incomodaba; sin embargo, el resultado de hacer la nueva composición les resultó más interesante que la primera elección. Este proceso permitió trasladar al plano material la experiencia de reconstrucción personal, haciendo visible, a través del collage, un relato propio.

La propuesta se apoyó en una idea clave que atravesó tanto la charla como la práctica: entender que todos somos, en cierta forma, un collage. El error dejó de percibirse como un final para convertirse en posibilidad. Un error no te define como individuo, no por ello dejas de ser inservible. Igual que en el collage se puede cortar, reorganizar o superponer, también en la vida es posible decidir qué partes conservar y cuáles transformar. Incluso dentro de límites claros, como el propio formato del papel o el edificio en el que se encuentran los internos e internas, puede emerger un espacio de decisión y creatividad.

La experiencia la viví como un regalo y una revelación, ya que desconocía el contexto.

Me resultó muy emotiva ante un público participativo, entusiasmado y curioso, que terminó explorando la narración de su propia historia desde lo visual. La experiencia retroalimenta a quien la ofrece tanto como a quienes la reciben. Es contundente la necesidad de espacios para el debate, la reflexión y la experimentación en lugares como los centros penitenciarios. Siento una enorme gratitud hacia el equipo de Solidarios y hacia su coordinadora Ángeles Carnacea por la labor encomiable que lleva a cabo a este respecto e incluirme entre el interesante elenco de invitados, que abren una ventana al exterior cada sábado e iniciar con mi charla la IX edición del ciclo: “Mujeres que abren camino”.

Sobre Miriam Martínez Abellán

Es artista visual y docente, historiadora del arte y diplomada en Piano por el Conservatorio Superior Manuel Massotti. Nació en Cieza, pero reside en Murcia. Combina la enseñanza con la creación y divulgación cultural a través de conferencias, talleres y labores de comisariado, además de publicaciones de artículos e ilustraciones en diversos medios, como portadas de libros, revistas de arte y pensamiento, cartelería y textos de prensa. Cuenta con una amplia trayectoria expositiva en espacios nacionales e internacionales desde hace más de veinte años.

Desarrolla su trabajo creativo a través del collage, el fotomontaje, la instalación y el objeto intervenido. La experimentación con los materiales es un eje central en sus obras y las técnicas mixtas le permiten explorar nuevas narrativas alejadas del lenguaje visual convencional. Mediante la fragmentación y resignificación de los elementos, consigue expandir sus límites. Trabaja conceptos vinculados a la memoria, la identidad y la propia existencia, así como cuestiones de ámbito social. Mantiene una reflexión constante sobre la figura femenina, analizando los estereotipos y roles de las mujeres en el tiempo como un tema transversal a su obra. Para ello recopila imágenes antiguas procedentes de fotografías, postales o revistas, junto a objetos con historia y materiales de diversas texturas y anacrónicos. Desde el pasado impulsa cuestiones contemporáneas con una estética surrealista de la que se desprende pura poesía visual.

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